Los jóvenes de la Pontificia Universidad Católica de Quito (PUCE) hacen uso de celulares de manera excesiva. Solo hace falta sentarse en un lugar público, un espacio donde los jóvenes pasan su tiempo libre, para darse cuenta que cada vez más hay menos interacción entre ellos.
El día 22 de noviembre del presente año, al mediodía, pasamos por el parque central de la PUCE donde miramos a estudiantes que salían de sus cansadas y, quien sabe, tal vez, aburridas clases. Uno a uno se juntaban en grupos para poder, según nuestra mirada, interactuar entre ellos mientras disfrutaban del aire libre y ligero. Pudimos notar que lo común que llevaban consigo, aparte de la mochila, era el celular. De sus manos se sujetaba este dispositivo, tan aferrado, que los mismos jóvenes parecían no notar que estaban agarrándolo. Entonces miramos hacia adelante, una pareja, una joven miraba a otro joven y le sonreía, él miraba su celular y no paraba de manipular la pantalla, mientras ella sonriente le tocaba el hombro y le hablaba. Su postura y expresión hacían pensar que le decía -mirame-, -¡escuchame!, que estoy aquí-, pasaron unos minutos y nos preguntamos ¿a qué hora la miraría? finalmente guardó su celular y la miró, y entonces comenzó la interacción. Muchos casos parecidos a este pudimos observar aquel día, grupos enteros buscaban conversar e interrelacionarse. Tan juntos, tan cercanos, pero a la vez tan separados por un aparato que consumía toda su atención.
Una vez concluida nuestra experiencia en el parque central nos dirigimos a la biblioteca. En ese espacio los estudiantes pueden disponer de libros y de un lugar tranquilo para estudiar. En la planta baja a eso de las 13h00 el lugar se llenó de gente, en las mesas y en las computadoras, avanzamos hasta el fondo donde se encontraban sofás y todos estaban ocupados por jóvenes que buscaban desesperadamente huir de sus realidades, y qué mejor manera de hacerlo que sacando aquel dispositivo que es el único que les puede envolver en un mundo de fantasía.

Nadie niega que el celular es una herramienta de trabajo y que permite a los usuarios estar comunicados e informados, pero esta libertad de información generada por el mundo de la tecnología ha creado en algunas personas una dependencia total.
Jamás en la historia hemos estado tan informados y a la vez tan incomunicados. Hemos dejado de comunicarnos como producto de esa dependencia. Franz, profesor de la PUCE de la facultad de Audiovisuales, al referirse al uso del celular habló de su experiencia y dijo “cuando vivía en un conjunto, por el Valle de los Chillos, regresaron a vivir varias familias de Suiza. Y una vez había una fiesta en el conjunto, y estaban los papas, que decían mi hermana les está cuidando a mis hijos, y yo pregunté -¿cuál hermana?- ellos respondieron - la que está en Italia, entonces la hermana les estaba cuidando a través de cámaras desde Italia y si sucedía algo la hermana les avisaba. Digamos que es una familia que supuestamente está junta pero no está junta. Estas extensiones de nuestro cuerpo también han hecho que seamos más individualistas”. Con el ejemplo del profesor podemos darnos cuenta que cada vez más se va perdiendo la comunicación interpersonal que incluso ha influido en la desintegración familiar.
Además, Franz se refirió a que en Japón las parejas tienen una relación virtual porque a menudo los jóvenes suelen salir con sus celulares y en sus pantallas se puede observar la imagen de su novia, que posiblemente se encuentre en la misma ciudad. De la misma manera comentó que un japonés se casó con un holograma y está pidiendo ser considerado como una minoría sexual.

Después de lo expuesto, consideramos que si nosotros no nos sumergimos en la reflexión sobre este hecho particular de la comunicación interpersonal, estaremos a merced de perder la interacción individual y colectiva.

Comentarios
Publicar un comentario